sábado, 20 de noviembre de 2010

Cuarta entrega

Parado en el frente del salón de actos del jardín de infantes, deleitaba con dulces imágenes del desayuno ideal a mi auditorio. Padres y madres, nucleados con el fin de descubrir todos los pormenores de la alimentación saludable, me escuchaban con atención, dispuestos a dar un giro en su vida en materia nutricional, o a continuar transitando el mismo camino que hasta el momento, si es que éste coincidía con el que yo les iluminaba.
- Pero por más rico y nutritivo que sea nuestro desayuno – continué, desplazándome detrás de la larga mesa que ilustraba con ejemplos el plan de comidas diarias -, desde que lo terminamos hasta que llega el almuerzo pasan unas cuantas horas y es en ese ínterin cuando más nos tentamos con productos que no siempre son tan alimenticios. Piensen: ¿a qué hora se levantan habitualmente? ¿Y a qué hora terminan de desayunar? ¿Siete… siete y media…?
Las respuestas de los oyentes llovían, repitiéndose, pisoteándose entre sí. Hasta que una se hizo oír más fuerte y resonó involuntariamente en todo el salón. 
- A las seis.
“¡Tempranito”, pensé, rastreando en mi memoria cuándo había sido la última vez que había desayunado a semejante hora. Pensé también en cómo serían los tempranos desayunos de la mujer de voz tonante, en penumbras, antes de que el sol comenzara a asomarse. ¿Incluiría los tres grupos de alimentos que yo sugería? ¿O se resumiría, más probablemente, en un café negro, cargado, amargo, sin ningún acompañamiento? Seguramente lo bebía en la cocina, a media luz, en bata, antes de saturarse de maquillaje, cremas, ropa y perfume. Ese café debía operar de bisagra entre un estado y otro, entre la mujer privada, algo descuidada, de piel incolora, pelo recogido y párpados caídos, y la mujer pública, radiante, de estridente cabellera, facciones remarcadas por el rubor, la sombra y el delineador, vestuario distinguido, refinado, perfume francés. Me preguntaba también quién la acompañaría durante ese exiguo desayuno, si sería un hombre, un niño o si serían los fantasmas de los hombres y de los niños con los que lidiaría durante el día. Imaginé un desayuno a su lado, pero no ya ese café amargo, un desayuno de hotel mediterráneo, con frutas, cereales y leche, no a las seis de la mañana sino a la hora en que el sol destella sobre el mar tiñendo de dorado las olas; no un desayuno en batón, sino en camisola blanca, etérea, volátil. Sin maquillaje, con la piel fresca, al aire, el pelo peinado por el viento. Saboreaba cada bocado de ese desayuno, crujían los cereales en mi boca, paladeaba la mezcla de damasco, pera y ananá, la aspereza de la uva. Y mientras lo hacía, tomaba con mi mano la manzana que reposaba sobre la larga mesa del salón de actos del colegio y les hablaba a las madres, a mi hipotética compañera de desayuno mediterráneo y a las demás, sobre la importancia de incorporar a media mañana una colación saludable.
La manzana giró en mi mano, envuelta en didácticas explicaciones, preguntas, respuestas, repreguntas y más explicaciones. El almuerzo a base de carne y ensalada fue un poco criticado por el público presente. “A mi hijo no le gusta la verdura”, “mi nene no come nada verde”, “¿cómo hacemos para que lo pruebe?”, “si le ofrezco eso lo deja entero en el plato”. Aunque muchas negativas, todas las frases eran amables, algunas hasta intentaban sonar graciosas, cómplices. Una madre se daba vuelta para compartir la aseveración de la del banco de atrás, otra cruzaba una mirada de empatía con la que ocupaba la punta opuesta del salón, mientras la de la última fila asentía a ciegas a todos los comentarios.
Entonces desenvainé la lista de “trucos” para presentar de manera más atractiva los platos, dándome cuenta de que el mío de utilería no cumplía con esas premisas. Traté de desoírla pero la voz de mi padre empezó a retumbar en mis tímpanos. “Te equivocaste, Willy; para los chicos la guarnición debería ser un puré, verduras al horno o papas fritas con rocío vegetal.” Sonaba cada vez más fuerte, sobre todo las primeras palabras: “Te equivocaste, Willy, te equivocaste”.
“Sí, me equivoqué”, me dije a mí mismo, “pero estoy saliendo airoso de la situación, puedo revertir con palabras lo que mi plato exhibe”. Propuse las alternativas que me sugeriría mi padre, viendo formarse entre el público su rostro, con expresión de desaprobación rotando a moderada aprobación. También la mueca burlona de Lucía, mofándose solapadamente de mi error.
“Sí, me equivoqué”, me repetí, revolviendo mi cerebro en busca de alguna justificación de mi desacierto. Tal vez el hecho de no tener hijos aún me alejaba de la realidad de los niños actuales. Rebobiné entonces mi memoria hasta los días de mi propia infancia y ahí encontré la respuesta, en esa mesa servida con simétricos platos que lucían la más completa variedad de comidas: coloridas verduras, jugosas carnes, suaves soufflés, armónicas tartas. No creo que esto haya sido azaroso teniendo en cuenta que mi padre era médico especializado en nutrición y trastornos de la alimentación. A su educación por la alimentación saludable se sumaba la dedicación de mi madre a las artes culinarias.
No hubo comida existente sobre la faz de la Tierra que no se probara en mi casa; tal vez exagero pero recuerdo con nitidez la constante presencia de brócoli y coliflor en mi plato, de repollitos de Bruselas, endibia y escarola, por mencionar sólo algunas verduras. Todas ellas eran engalanadas por mamá, a veces disfrazadas en omelletes, revueltos o ensaladas, pero siempre bien condimentadas, sabrosas y atractivas. Recuerdo que antes de apoyar la bandeja de comida en la mesa ella la observaba, la admiraba y sonreía a escondidas, satisfecha de su obra de arte. Nada la halagaba más que retirar los platos vacíos del almuerzo o la cena, señal de que su receta había sido, una vez más, exitosa. En ningún lado se comía tan bien como en casa… sólo podía compararse con lo de mi abuela Haydée. De ella aprendió mamá todo lo que hasta el día de hoy sigue preparando. Pero era su versión aumentada en minuciosidad y detallismo. Curtida por los años, la abuela nos consentía todos los caprichos: la comida cortada en minúsculos pedacitos para que no tuviéramos que hacer el esfuerzo de masticar demasiado, la carne desgrasada hasta en los lugares más recónditos, el tomate sin semillas para que no se nos dificultara la digestión; su especialidad eran los jugos naturales, particularmente el de uvas, que lo hacía pelando y sacando las pepitas de cada uva y exprimiéndolas con el dedo contra un colador. ¡Qué delicia! Si alguno de todos esos niñitos, hijos de esas buenas señoras que atentas me escuchaban en la escuela, hubiera probado los manjares de mi abuela Haydée, seguramente no tendría la “fobia a lo verde” de la que el conjunto de madres se hacía eco.
Pasar al postre me causó un gran alivio. Arroz con leche, flan casero, budín de pan, crema de vainilla… infinitas posibilidades para culminar el almuerzo, además de las frutas que preferí  mencionar sólo al pasar para no generar nuevos revuelos.
El esquema diario de comidas seguía de manera similar: colación – merienda – cena; porciones pequeñas para desalentar la obesidad infantil y a la vez evitar la sobre exigencia a los niños menos apetentes, siempre resguardando las necesidades nutricionales de los chicos; cena temprana, dentro de las posibilidades de cada familia, para completar la digestión antes de acostarse. Algunos tips, a mi entender básicos, pero que, a juzgar por la expresión de mis oyentes, parecían novedosos para la mayoría.
Culminada la disertación en torno a mi larga mesa, me explayé un poco sobre la pirámide alimenticia, tema que constituía uno de los pilares fundamentales de mi charla pero que había quedado relegado justamente porque no quería restar importancia a los platos que tan bonitamente había dispuesto sobre los pupitres enmantelados. El fantasma de mi padre volvía a reprobar mi presentación por su “incongruencia organizacional”, al tiempo que mudamente yo me escudaba en la preponderancia de ofrecer una exposición didáctica, de empezar con elementos tangibles para mi audiencia, para así captar su atención y, una vez absorbida por completo, poder conducirla hacia aspectos ligeramente más abstractos.  Tal vez mi padre siguiera criticándome, tal vez Lucía continuara escrutándome con su aire socarrón, pero el público presente (especialmente el femenino, para qué negarlo) se encontraba completamente sumergido en las profanidades de la sana alimentación, de la nutrición infantil, del diagrama de comidas diario y, en ese preciso momento, de la pirámide alimenticia.
 - En la base de la pirámide – señalé en el gráfico que me acompañaba - están los alimentos favoritos de muchos de nosotros y seguramente de nuestros hijos… no, las golosinas no, por supuesto… las pastas, los panes, las galletitas. Lo que se recomienda es entre seis y once porciones diarias de estos alimentos…
Si bien en su mayoría las madres se notaban familiarizadas, al menos visualmente, con la pirámide en cuestión (presente en los envases de panificados, cereales y otros alimentos), llamó mi atención una de ellas que se calzó los lentes para poder apreciarla con mayor detenimiento. Tal vez ella no la conocía tan en profundidad o tal vez quisiera evaluar la calidad de los dibujos que ilustraban cada segmento. No, ella quería enfocar con claridad para ahondar en los saberes que el gráfico transmitía… eso parecía. No descarté que los lentes constituyeran parte de su rostro y que se los hubiera sacado transitoriamente para descansar la vista, reposicionándolos casualmente en el instante en que yo desplegaba el esquema. Observándola en detalle, parecían inimaginables esas facciones sin anteojos, particularmente sin esos lentes redondos de fino armazón plateado que descansaban sobre su tabique nasal. Sus ojos se percibían tan redondos como los vidrios que los cubrían y, aunque algo distorsionada, su mirada se sentía intensa. De aire intelectual, perfil muy discreto, pelo recogido en un rodete, camisa entallada blanca, pantalón negro… seguramente, porque no llegaba a verlo. Se la advertía detallista, amante del saber, una lectora exquisita, una crítica prudente. Sin oírlas, sabía que sus palabras eran siempre atinentes, interesantes, cautas pero atrapantes; su voz, dulce pero firme; sus ideas claras, transparentes. Culta, estudiosa, erudita.  Mujer para recorrer el mundo y descubrirlo a su lado…
- Por último, en la cima de la pirámide tenemos aquellos productos que debemos consumir sólo ocasionalmente: aceites, grasas, dulces.
- ¿Cuánto es “ocasionalmente”? – preguntó una madre de sugerente blusa roja.
- Mi nene come chocolate sólo los fines de semana – predicó otra, revoleando sus inmensos ojos por todo el salón. 
- ¿Hay diferencia nutricional entre los productos de primera marca y los demás? – intervino una tercera.
Una cuarta, una quinta, una sexta se sumaron al interrogatorio. De a una, fui respondiendo brevemente las preguntas “posibles”, dejando de lado los casos individuales (“¿Está mal que le dé un caramelito a Meli como recompensa cuando se porta bien?” o “Thiago no come papas si no son fritas”) que poco aportaban al grupo. Sin embargo, una de esas evocaciones a casos particulares me sirvió de disparador para abrir un nuevo subtema.
- Mi hijo es muy quisquilloso para comer, sólo le gustan los fideos – sentenció la mujer en cuestión -. Yo se los preparo seguido, pero tampoco se los pudo hacer todos los días…
 - Por supuesto – coincidí con la dama -. Es frecuente que los chicos pidan el mismo alimento comida tras comida, este comportamiento se conoce como "manía por un alimento". Vamos el ejemplo de este niño…
- Nico – completó la madre.
- ¿Hace cuánto tiempo, aproximadamente, que Nico viene pidiendo lo mismo?
- Hace bastante, pero en el último mes es casi una obsesión.
- Por lo general, esta manía por un alimento no dura lo suficiente para perjudicar la salud del niño; si se trata de un alimento saludable, los padres pueden permitir que su hijo lo siga comiendo hasta que se le pase la manía.
Mis palabras parecieron operar de bálsamo para esta madre, que fue transformando su rostro de preocupación en otro de distensión. Fresca, informal, de musculosa colorida y larguísimo pelo apenas sujeto por un par de hebillas, ella me escuchaba y sonreía. A la luz se le veían unas pálidas pecas sobre su nariz y sus mejillas. Las uñas pintadas de violeta recorrían paulatinamente su boca, mientras se mordía el labio inferior, siguiéndome en todo momento con la mirada. Era joven, muy joven, veintipico… Era inexperta pero arriesgada, era abierta, comunicativa, espontánea. Todo eso decía su rostro lozano, su expresión aniñada o, mejor dicho, adolescente. Pero tenía los pies bien puestos sobre la tierra, se la notaba una madre completa, presente, compañera. Era alegre y flexible, receptiva y agradecida.
- Gracias, doctor – me sonrió con ternura, dejando caer sus párpados.
Mi exposición rozaba su fin cuando Luisa, la directora de la escuela, propuso a los oyentes formular las últimas dos preguntas para dar el cierre definitivo al encuentro. Nada nuevo bajo el sol: consultas ya formuladas, respuestas ya contestadas. Y así, de manera gradual y tranquila, la charla fue llegando a su fin. Luego de entregarme sonoros aplausos, el público comenzó a disgregarse. Luisa se acomodó a mi lado mientras algunas madres daban unos pasos al frente para consultarme alguna individualidad.
- Esperen un momento, por favor – solicitó la directora, exigiendo su voz para llegar hasta la puerta de ingreso al auditorio, al tiempo que levantaba la mano intentando frenar el incipiente bullicio -. Ahora el dr. Guillermo nos va a dejar algún teléfono o e-mail para que puedan consultarlo por si les quedó algo pendiente. Así después dejamos ir a nuestro invitado.
Quedé pasmado, recorriendo con la mirada al puñado de mujeres que me rodeaba. Entendía las palabras de Luisa como una indirecta para que no respondiera a las inquietudes que ellas empezaban a hilvanar. Al mismo tiempo, me enfrentaba a la obligación de brindar una información casi confidencial sobre la que jamás se me había consultado en privado.
Tomé la tiza, escribí en el pizarrón una “w”, que rápidamente borré con los dedos. No era mi dirección personal, “willyhernandezg@yahoo.com.ar”, la que convenía que ofreciera a mis oyentes, sino la otra, la profesional, esa que prácticamente nunca daba y por ende muy esporádicamente chequeaba. Ésa que me recordaba mi estatuto académico y mi complejo nombre, ésa que a partir de ese día tendría que revisar con mayor asiduidad a la espera de alguna consulta de mi femenina audiencia.
“doctorguillermohg@gmail.com”, escribí en el tablero.
- Gracias, otro aplauso para el doctor.
El público hizo sonar nuevamente sus palmas, entregándome simultáneamente miradas y sonrisas de retribución. Las pisadas de los tacos volvieron a hacerse oír en la despedida, algunos saludos, manos agitándose en señal de despedida, el chasquido de los besos, las cabelleras balanceándose sobre las espaldas...
De a poco el salón de actos fue quedando vacío, de las mujeres que hacía instantes lo llenaban sólo quedó una embriagadora mezcla de perfumes flotando en el aire.
Con una torpe ayuda de Luisa, levanté la larga mesa, guardé los alimentos en sus envases que a su vez acomodé en el maletín junto a la utilería. Convocada por la máxima autoridad de la institución, la secretaria se hizo presente para colaborar en el desarmado de la sala. Una vez completada la difícil tarea de hacer entrar en mi valija todo lo que había desplegada (y que, cabe aclarar, había llegado allí mismo a la escuela, pero con un orden imposible de reeditar), saludé a ambas damas y me retiré del establecimiento. Mientras lo hacía, resonaban en mi cabeza las palabras, por cierto intrascendentes, que habían sellado la despedida: “Nos vemos”, acababa de declarar la directora. Saludo trillado si los hay, en esta oportunidad adquirió un significado especial pues me obligó a meditar acerca de esa tan vanamente repetida expresión que solía caer en la más absoluta de las mentiras. Cuántas veces había dicho “nos vemos” a personas que ni por asomo tenía intenciones volver a encontrar, cuántas veces me lo habían dicho a mí mujeres y hombres deseosos de que desapareciera de su vista lo más pronto posible. Cuántas veces había querido realmente ver nuevamente a alguien, pero en los hechos no había realizado el menor esfuerzo por concretar la reunión.
¿Volvería a ver a Luisa alguna vez más en mi vida? ¿Y a la secretaria? Si mi charla le había resultado provechosa a la escuela, seguramente se contactarían nuevamente conmigo en el futuro. Pero, por interesante que les hubiera parecido, si no volvían a organizar conferencias referidas a la vida sana o temas allegados, difícil iba a ser que me convocaran. ¿Y si me contactaban del jardín de infantes pero Luisa ya no ejercía más como directora? ¿Y si me llamaba Luisa desde otro colegio? ¿Y si la cruzaba un día por casualidad en la calle? ¿Y, si en lugar de Luisa, encontraba en la vía pública a la secretaria? Era muy verosímil que no las volviera a ver más a ellas, ni a esa manada de madres que me había escuchado durante casi dos horas hablar sobre la alimentación de sus hijos. Tal vez en sus mesas yo estaría presente a partir de esa noche, repitiéndoles consejos sobre comidas nutritivas y saludables. Ellas, en cambio, ya empezaban a convertirse en recuerdos para mí, lejanos fantasmas de rasgos indefinidos, anónimos rostros mezclados entre sí.
Mujeres… sólo mujeres… tantas mujeres…
Subí al auto, lo puse en marcha y arranqué.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Tercera entrega

Yo soy Silvina, la hija mayor de un matrimonio de tres hijos. Los otros dos son varones. El del medio, Jorge, siempre fue el conflictivo, el problemático, tal vez el más parecido a papá. El más chico, Juan Ignacio, Juani, era el compañero de mamá, de modales finos y sensible. Fue su sostén, sobre todo cuando papá nos abandonó para irse con aquella “chirusa”, Gladys, una peluquera de barrio, vulgar, pintada con exceso, de pelo teñido de colorado, ropa ajustada, escotes prominentes y siempre, tacos altísimos. Se contoneaba al caminar, más que nada cuando pasaba por las obras en construcción o los talleres mecánicos. Esto provocaba los típicos piropos groseros.
Papá, de oficio carnicero, un hombre rústico de modales brutos, por momentos violento, continuamente recriminaba a mamá que “debía buscar afuera lo que no tenía adentro”. Claro que se refería a la intimidad. Era un hombre casi sin preparación, cuyo único mérito fue tener tres carnicerías que luego se redujo a una. Todo esto debido a su debilidad por las mujeres en quienes dilapidaba lo que debía ser nuestro. Por ejemplo, la tal Gladys, muy hábilmente, logró que papá pusiera dos de esas carnicerías a su nombre.
Él gritaba mucho, discutía con mamá, también por Juani, quien recibía los desprecios de papá. Indudablemente, Juani no respondía a los parámetros de lo que para él significaba ser hombre. A mamá le gritaba que era una frígida y otras cosas que me dan vergüenza reproducir o preferiría olvidar.
Para mamá era impensable la separación y menos el divorcio en el seno de una familia que, si bien no tenía una posición económica holgada, tenía aspiraciones de tenerla. Se codeaban con gente de alcurnia, dueños de campos o comerciantes bienavenidos.
Mamá fue educada para casarse con alguien distinguido, no con papá. Pero al abuelo, cuando atravesó por problemas económicos, le pareció que papá era un muchacho con buenas intenciones además de contar con una muy buena cuenta bancaria que podría solucionar muchos problemas.
El abandono de papá, si bien fue terrible, en un punto se transformó en la solución para resolver aquel infierno en el que estábamos inmersos. Pero eso no fue nada compensado con lo que vivimos después.
Papá había desaparecido sin dejar rastros, dejándonos en una situación bochornosa frente a la mirada y comentario del pueblo. Algunos cuchicheaban casi en nuestras caras, otros nos brindaban un falso apoyo a mamá. Buscaban hacer comidillas de nuestra desgracia, venían a casa o llamaban por teléfono preguntando cómo estábamos.
La situación se volvió insoportable, así que mamá decidió cerrar la casa y nos mudamos, al menos temporalmente, con unos tíos suyos en Buenos Aires. Nos fuimos todos, menos Jorge que se quedó en el pueblo al frente del negocio, ya que papá le había enseñado el oficio.
Allí empezamos una nueva vida. Dejamos atrás aquella vida de oprobios y desaires. La situación económica se haría caótica, por lo que mamá debió hacer uso de los cursos que le había hecho tomar el abuelo: taquigrafía, dactilografía e inglés, también declamación y ceremonial, aunque eso no influiría tanto a lo hora de pedir trabajo. Todo aquello fue suficiente para ofrecerse como secretaria en un escritorio de una exportadora de granos a la que accedió por recomendación del padre de su amiga Mónica que tenía campos en el pueblo. Sé que para mamá fue muy duro hacer ese pedido, pero la necesidad era más grande.
Juani comenzó a estudiar moldería y diseño con unos amigos nuevos instalados ya en el rubro, con muy buena clientela.
Poco a poco, las cosas se empezaron a encaminar para nosotros. Mientras nos enteramos, por otro lado, que papá había vuelto al pueblo con “esa” y que se había puesto a trabajar con Jorge como si nada. No me extraña. El pueblo siempre apoya a sus hombres.
Yo, que había sido siempre la mediadora y que amortiguaba aquel mar de conflictos entre papá y mamá, papá y Juani, mamá y Jorge, recién me podía relajar un poco y empezar a pensar en mí. Buenos Aires me abrumaba: su inmensidad, sus ruidos, tantos estímulos. Comenzó a darme miedo salir a la calle. Una vecina le comentó a mamá que tenía una sobrina que estaba igual que yo y le recomendó una profesional, una psicóloga. Comencé a ir tres veces por semana, luego dos y, con el paso del tiempo, solo una. Sin embargo, esto tenía la condición de que asistiera a los grupos de autoayuda, “fóbicosanóminos”, que parece ser, así se llama lo que tuve o tengo, no sé bien.
Comencé a ir al grupo según lo indicado por la licenciada. Estaba compuesto por hombres y mujeres, más o menos unos doce, coordinados por una mujer que se presentó como psicóloga. Al principio no hablaba, observaba todo: “esto de contarle mis cosas a otros, a una persona, vaya y pase, pero a un grupo y todo de nuevo”.
Enseguida me llamó la atención una chica, que la verdad parecía ya recuperada, se mostraba más suelta que el resto y al término del encuentro se presentó:  
- Yo me llamo Paula, bienvenida. ¿Vas para la parada del colectivo? Yo también.
Ella también era del interior de la provincia de Buenos Aires. Yo le dije que hacía poco tiempo que estaba en la Capital y que me estaba adaptando, pero me costaba.
Al mes de conocernos, entablamos una amistad. Mi primera amiga en la ciudad. Me invitó a su casa. Supe que la invitación no era improvisada sino premeditada. Quería que conociera al hermano, Miguel Ángel: soltero, algo tímido. Según Paula se la pasaba estudiando, parece que era muy buen alumno, estudiaba Ciencias Económicas y estaba pronto a recibirse. Según lo previsto, acudí a la invitación.
- Te espero a las 4 el sábado, no me falles…
Una casa de barrio, pintada de impecable color crema, con verjas bajas y jardincito al frente con rosas de varios colores, que explotaban de pimpollos, me recibió al dar vuelta la esquina. Esa casa inspiraba confianza y calidez. Toqué el timbre. Salió Paula:
- ¡Qué bueno, viniste! Pasá – me dijo y otra vez agregó algo que me hizo sentir mejor: - Bienvenida.
Entramos a un gran patio con un juego de jardín de hierro compuesto por sillones con apoyabrazos pintados de blanco con dos almohadones de plástico coloridos y una mesa haciendo juego con un vidrio. Sobre él una planta, alegría del hogar, color coral. Se advertía que alguien se dedicaba a la jardinería. De inmediato salió al paso una señora típica ama de casa vestida con un pulovercito amarillo patito de manga corta, pollera tubo  pie de pool y sobre ella un delantal blanco impecable bordado a mano. Unos zapatos de taco bajo y un peinado corto, hecho con ruleros y spray en la peluquería completaban su retrato. Todo hacía ver que me esperaban y que se habían preparado para recibirme. Se respiraba un clima que nunca había respirado, “de hogar”, de clase media, pero de clase media asumida.

Segunda entrega

Bueno,  ya llegué.  Ay! Qué apuro mi Dios! Estas charlas me encantan, siempre se aprende algo nuevo.  Además es importante participar de las actividades extraescolares.  A Maxi le gusta mucho verme por el patio del cole - ¡qué divino!-  y viene corriendo a darme besos:  -sos la mejor mamá del mundo, te quiero… La ensoñación se me interrumpe       ¿Y este hombre parado ahí adelante?                                                                   No lo vi en algún lado yo?        ¿Quién es?   Con ansiedad mis ojos recorren el programa:   temas, fechas…  expositores          acá está: Guillermo Hernández Granada      …tal vez de la tele
Empieza a hablar.  Se ve que sabe un montón, pero… no sé… parece como nervioso.   Lo que sí hay que admitir –porque estar casada no quiere decir que  una no tenga ojos ¿no?-  que es pintón.
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Andrea Fabiana fue una adolescente con militancia. La Acción Católica proponía temas de trabajo en equipo que prontamente la convocaron.  Lo de ella siempre pasó  por la vocación de ayudar. Una capacidad para ayudar muy grande.
Se sabe, en las familias hay roles, puede ser  que sean tácitos, pero no por ello menos marcantes.  Su madre, ama de casa, terminó la secundaria y se casó para armar una familia. Muy esmerada la mamá de Andrea Fabiana.  Tuvo dos hijas más:  Alejandra  y Graciela. Así, sin segundos nombres porque no hacían falta. La hija mayor, para ser diferenciada de la madre, fue nombrada Fabiana en segundo término.
Estas hijas, por supuesto tenían un padre: Ernesto. Buenísimo, como esposo y también como padre.  Trabajador (eso no había sido un problema). Pero… los “recreos”  (así los llamaba la madre) que se tomaba, digamos que lo tomaban a él.  Tenía como una flojera en la voluntad, y claro, había que ayudarlo. Bastante. Sobre todo para que siguiera siendo el hombre que ellas necesitaban.  Y ahí,  en ese lugar, Andrea Fabiana, se garantizó el primer puesto.
-          ¿Ernesto? - llamaba la madre.  Ya se había hecho tarde y no había vuelto.  Allá marchaba la primogénita a buscarlo al bingo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Primera entrega


- ¿Dr. Guillermo Hernández Granada? – preguntó la secretaria, entreabriendo la puerta.
Tardé unos segundos en reconocerme dentro de ese apelativo tan complejo. Willy, para los amigos, para la familia, para los compañeros del colegio y de la facultad, para los colegas de la clínica; Willy para acortar, Willy para diferenciarme de mi padre, Willy para dar un poco de glamour inglés a mi vida. Willy y punto.
La única persona que nunca se dirigió a mí con ese sobrenombre fue Lucía, pero tampoco me llamaba Guillermo, mucho menos Hernández Granada, tal vez Guille o Gui, cuando entró más en confianza. De por sí, difícilmente algún desconocido me interpelara como Guillermo, la tendencia natural al ahorro obliga a la gente a recortarme ese nombre tan extenso y sonoro con el que me bautizaron mis padres. Creo que es algo bastante generalizado, cualquier persona en cualquier contexto intentará a toda costa reducir los nombres ajenos, no sé si por comodidad, por simpatía o por alguna otra razón que aún no logro dilucidar.
Pero no todos los seres humanos sufrimos los mismos recortes. A mi amigo Juan nunca le sucedió nada de esto. Al contrario, era usual que le intentaran agregar algún nombre cuando él se presentaba sencillamente como Juan. “¿Juan solo?” “¿No tenés segundo nombre?” Y en los ojos de su interlocutor se leía el ávido deseo de agregarle un Carlos, Pablo, Ignacio como para completar esa tan anónima denominación.
- Sí, Guillermo, mucho gusto – me resigné con una sonrisa.
La mujer me abrió la puerta, a lo cual agradecí con un gesto de cabeza. Era sin duda la secretaria de la escuela, lo advertí sin necesidad de que se presentara. De haberla cruzado por la calle me habría dado cuenta al instante de que esa joven dama trabajaba en la secretaría de una institución educativa, más precisamente de un jardín de infantes. Sus modos la delataban, su serenidad, su dulzura y su parsimonia; también su rostro, de ojos redondos, nariz respingada y labios sutiles. Era de una belleza clásica, equilibrada.
- Adelante – me indicó, haciéndome pasar al salón de actos. Entramos y allí me preguntó: - ¿Había pedido…? – se detuvo y reformuló la pregunta: - Habías pedido una mesa larga, ¿verdad?
- Así es, gracias – incliné la cabeza, le volví a sonreír y la secretaria se retiró del salón.
Alrededor de 10 filas de sillas se extendían a lo largo del salón. Un pasillo en el medio dividía cada fila en dos. En el frente tres pupitres unidos, cubiertos por un grueso mantel blanco, conformaban un rectángulo sobre el cual comencé a desplegar el contenido de mi maletín. En la pared del fondo, un afiche anunciaba: “Ciclo de charlas para padres: ‘A vivir mejor también se aprende en la escuela’. Jueves 7 de noviembre: ‘Técnicas para evitar el estrés’, por la Lic. Pradal; jueves 14: ‘Ejercicio físico para realizar en familia’, a cargo de la Prof. Romero; jueves 21: ‘Medicina integrativa para malestares cotidianos’, por la Dra. Blanco; jueves 28: ‘Alimentación saludable’, a cargo del Dr. Hernández Granada”.
Ahí estaba yo, en último lugar, encomendado no sólo a explayarme sobre el tema que yo dominaba sino también implícitamente a dar un cierre al ciclo de conferencias que yo no había presenciado ni tenía la más remota idea de cuáles habían sido sus contenidos. De hecho, hasta ese preciso momento desconocía cuál era el número de orden de mi presentación, ni siquiera sabía cuántas más había ni qué temas abordaban.
Confieso que esa imprevista responsabilidad me puso algo nervioso; charlas, conferencias, ponencias, coloquios, exposiciones había ofrecido a montones, pero no recuerdo en mis 38 años de vida haber sentido ese súbito nerviosismo. Será que el ámbito académico me resultaba más familiar, dirigirme a colegas, a médicos especializados o alumnos avanzados no me generaba el más mínimo temblor, en cambio pensar ahora en encarar a padres y madres para hablarles nada menos que de la alimentación adecuada para sus hijos, del combustible esencial para sus vidas, me sacudía un poco los esquemas. Me imaginé que todo lo referido a los hijos, directa o potencialmente, debía ser para cualquier padre sumamente trascendental, por lo que no podía haber margen de error en nada de lo que yo dijera.
En un extremo de la mesa coloqué con cuidado un plato y un bol de vidrio, que llené de cereal para ejemplificar el desayuno; a su lado la colación de la mañana que podría ser una manzana y luego un plato con un almuerzo de utilería. Así continuaron otra colación, la merienda y la cena, comidas esenciales para alcanzar la “alimentación saludable” de la que, según aseveraba el afiche, yo revelaría todos los secretos. Una vez tendida por completo la mesa con todas las comidas del día, retrocedí unos pasos para apreciar, a la distancia, cuán bien había quedado. No estaba tan prolija como las que acostumbraba armar papá, mi maestro en el tema. Moví un poco un plato, adelanté un vaso, doblé la servilleta, pero todavía no me convencía. Cuando intentaba dar forma al montículo de ensalada que ocupaba el plato del almuerzo, una voz enérgica me interrumpió. Giré el cuello y allí encontré a Luisa, la directora de la escuela, con quien había tenido la entrevista en que se me ofreció dar la presente charla. Era una mujer madura, de tez aceitunada y nariz aguileña; era de una belleza exótica y las marcas del paso del tiempo no hacían más que resaltar la hermosura de su semblante.
- ¿Qué tal, doctor Guillermo, cómo estás? – me saludó informalmente. Se acercó a paso acelerado, haciendo flamear una carpeta de tapas blandas que llevaba en la mano, y me saludó con un beso.
- Muy bien, gracias – respondí, soltando la hoja de lechuga que terminó por escaparse del plato.
- Te cuento – pisó mis palabras con las suyas -, las madres están esperando en la galería, les dije que mejor no pasaran porque vos nos habías dicho que tenías cosas que acomodar, ¿no? Ah, sí, acá está todo, veo que la mesa está servida, ja ja, qué simpático.
Me palmeó el hombro con su carpetita y casi sin respirar continuó.
- ¿Ya estás? ¿Querés que las vaya haciendo pasar? Ahora son las… a ver… - giró la muñeca izquierda para que el cuadrante de su reloj pulsera quedara hacia arriba – sí, ya estamos sobre la hora. ¿Qué decís?
- Sí…, que pasen…
Creo que esas tres palabras deben haber sonado como doscientas por todas las interrupciones que mi titubeo les produjo. No dudaba de que fueran pasando, de si estaba listo o no para arrancar con mi exposición, simplemente esos incomprensibles nervios de principiante volvían a invadirme. Y sobre ellos, las palabras de la directora aumentaban aún más mis pulsaciones: ¿por qué “las madres”? ¿No era acaso una charla para “padres” en general? ¿Acaso eran sólo mujeres las que venían a escucharme? El sólo hecho de pensar en un auditorio compuesto íntegramente por el sexo femenino me inhibía un tanto; mis oyentes en otro ámbitos solían ser hombres, si no en un su totalidad, en un amplísimo porcentaje.
- Que las que estén se vayan sentando mientras esperamos unos minutos a las demás – insistió Luisa en recordarme sobre la feminidad del público presente.
Asentí con la cabeza mientras alistaba los últimos detalles de mi larga mesa. En cuanto levanté la vista, Luisa ya había desaparecido. Al instante reapareció, secundada por una veintena de personas, en su mayoría (pero, para mi tranquilidad, no exclusivamente) mujeres. En el medio del cotorreo y de las pisadas de taco fino pude distinguir múltiples tipos de mujeres. Algunas ejecutivas, que evidenciaban haber salido recién de la oficina, o lo simulaban; otras deportivas, de ajustadas calzas y buzos con capucha; también abundaba el look casual, de jeans, sandalias y carteras coloridas; además estaban las que pasaban desapercibidas, voluntaria o inevitablemente, con lánguidas camisas, pantalones y peinados. Cada una con su particular belleza: alguna más llamativa, otra más sobria, alguna más natural, otra con un notorio paso por el quirófano, alguna más jovial, otra en edad límite para ser madre. Pero todas igualmente hermosas.
Los escasos hombres que ingresaban al salón parecían, en cambio, todos cortados por la misma tijera. Pantalones pinzados, camisas rayadas, estatura media. Me pregunté si yo también me vería como ellos. Debían tener alrededor de mi edad, tal vez algunos años más, que en sus cuerpos parecían muchos más. “Tener hijos avejenta”, solía sentenciar mi primo Andrés, jactancioso de su eterna soltería. Parecía tener razón. Todos estos hombres estaban hermanados únicamente por el hecho de ser padres de niños en edad escolar y eso parecía imprimirles un sello del que no debían ser concientes. Seguramente no daban a su apariencia física la importancia que ella merecía; los kilos generalizados que escapaban por sobre los cinturones así lo evidenciaban. No era que yo viviera preocupado por la forma en que me veía, simplemente cuidaba mi alimentación (no quería caer en el “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”), realizaba una rutina diaria de ejercicios, protegía mi piel de las inclemencias del clima y me tomaba el tiempo necesario en casa antes de vestirme para elegir las prendas que me pondría. Para dar la charla en el colegio, el traje azul me pareció el más adecuado, para transmitir seriedad y elegancia pero de manera desestructurada, por eso preferí la camisa blanca que tan bien queda sin corbata. Admito que debatí un rato con mi propio ser entre el azul y el marrón claro (“camel” lo llamaba Lucía). Finalmente ganó el azul y estimo que no me equivoqué.
De a poco el salón de actos se fue llenando. A los padres que ingresaron inicialmente (me veo obligado a usar el genérico ya que algunos hombres se hicieron presentes, a pesar de su bajo porcentaje) se sumaron otros tantos, siguiendo con la tendencia del predominio femenino. Circularon los saludos, también algunas miradas esquivas, mucho cuchicheo y finalmente el silencio ante el estrepitoso ingreso de la directora Luisa, que hizo gestos con las manos que enseguida desataron el mutismo en la sala.
Luego de una presentación doblemente breve (por la escasez de palabras y por la celeridad con que las pronunció), Luisa me pasó la posta y en una milésima de segundo me adueñé de todas la miradas que flotaban por el ambiente. Sentí que mediaban siglos hasta que la primera palabra se escapó de mi boca, pero a ella vino bien encadenada la segunda y también la tercera y las frases fueron construyéndose solas, sentí finalmente que yo sólo las exhalaba.
- La primera pregunta que debemos formularnos es: “¿cómo podemos asegurarnos de que nuestros hijos están comiendo los alimentos correctos?” Lo principal acá es que nosotros lo sepamos, que conozcamos las propiedades de los distintos alimentos, las proporciones en que deben ser ingeridos, la adecuación a cada estadío del desarrollo y, por sobre todo, que valoremos la importancia de llevar adelante una alimentación saludable para así poder crear buenos hábitos alimenticios en nosotros mismos y, a través del ejemplo, también en nuestros hijos.
Las miradas de las madres (en este caso, exclusivamente las de ellas) me daban la pauta de que estaba sonando convincente: enternecidas, veían un padre en mí, y no cualquier padre, un padre extremadamente preocupado por el bienestar de sus hijos, podría decirse “el padre ideal”. Reconozco que el uso del “nosotros” no fue inicialmente intencional, salió espontáneamente, pero al percibir los excelentes resultados confirmé una vez más que mi “instinto masculino” difícilmente se equivocaba.
- Es fundamental que ofrezcamos a nuestros hijos – remarqué el “nuestros” mientras buscaba intencionalmente la mirada de aquellas madres que por una razón o por otra más convocaban a mis ojos – una alimentación variada y equilibrada, distribuida en cuatro comidas y dos colaciones diarias. ¿Cuál consideran ustedes que es la comida más importante del día?
Entre algunas respuestas incorrectas (“almuerzo”, “merienda”, “cena”) y otras por demás vagas (“todas”, “cualquiera”, “depende…”), la mayor parte del auditorio demostró por lo menos haber prestado atención a las propagandas televisivas e hizo sonar fuerte la palabra “desayuno”.
Sonreí, asentí y buscando complicidad en algunas de las miradas femeninas que habían aprobado el improvisado examen, continué:
- Sin duda, el desayuno debería ser una de las comidas más importantes del día ya que supone, al menos, ¼ de las necesidades nutricionales de los niños. Cuando los niños no desayunan bien, no tienen la energía y la vitalidad para afrontar el esfuerzo físico e intelectual que les exigen las actividades escolares. Además, un desayuno no adecuado hará que los niños sientan a media mañana, la necesidad de un gran aporte energético, que encuentran fácilmente en productos de alto contenido de azúcar y de ácidos grasos, como son, por ejemplo, las golosinas.
Desde la primera fila una mujer rubia, de mirada altiva y labios prominentes, me escrutaba sin disimulo. Sus ojos azules seguían cada una de mis palabras como si temiera perderlas, su atención era constante, continua, casi excesiva, alerta a cualquier equivocación que yo pudiera cometer como para saltar al ataque. Ante semejante amenaza sentía que mis manos empezaban a temblar, pero a la vez no podía apartar mis ojos de los suyos, como si el resto del auditorio hubiera desaparecido por arte de magia. Parecía que estuviera hablándole sólo a ella, arrojándole mis palabras, que ella atajaba y en cualquier momento podía lanzármelas de vuelta. El desafío me resultaba exquisito.
- El desayuno ideal debería incluir: lácteos (leche, yogur, queso); cereales (copos, galletitas, pan); fruta (entera o en forma de jugo), a lo que se le puede agregar mermelada, miel, algún fiambre, siempre en pequeñas cantidades. Acá, para ejemplificar, traje unos deliciosos copos de maíz que podemos ofrecer a nuestros hijos con leche, pero también pueden ser otros cereales, ahora hay unos de colores que a los chicos les divierten mucho, o de chocolate, o de lo que más les guste. Como verán, hay libertad y variedad para todos los paladares. No hay excusa para que no tengamos un completo desayuno – exageré hacia el final.
Algunas risas delicadas circularon por el salón de actos. Los invitados me gratificaban al mostrarse interesados, receptivos y atentos. No sólo la mujer rubia de la primera fila, la mayoría de las demás damas presentes me observaban con interés, con auténticas ganas de aprender cosas nuevas o de confirmar que su accionar diario era correcto. Una madre, perdida en el medio del auditorio, tomaba nota. Me pregunté qué estaría anotando: ¿que el desayuno era importante? ¿o los ingredientes que convenía incluir? Tal vez preparaba la lista del supermercado para comprar a su regreso cereales, yogur o mermelada. Por un instante ansié convertirme en pluma para leer lo que escribía. Pero también para recibir las caricias de esa mano tan blanca, seguramente tibia y algo sudada, que con delicadeza la hacía girar hasta marearla. No había ningún anillo en esa mano, tampoco en la otra que se alternaba en sostener la lapicera. Manos sin compromisos, manos impolutas, manos trabajadoras, manos que escribían su destino en ese papel y en cada momento de su existencia.