sábado, 13 de noviembre de 2010

Tercera entrega

Yo soy Silvina, la hija mayor de un matrimonio de tres hijos. Los otros dos son varones. El del medio, Jorge, siempre fue el conflictivo, el problemático, tal vez el más parecido a papá. El más chico, Juan Ignacio, Juani, era el compañero de mamá, de modales finos y sensible. Fue su sostén, sobre todo cuando papá nos abandonó para irse con aquella “chirusa”, Gladys, una peluquera de barrio, vulgar, pintada con exceso, de pelo teñido de colorado, ropa ajustada, escotes prominentes y siempre, tacos altísimos. Se contoneaba al caminar, más que nada cuando pasaba por las obras en construcción o los talleres mecánicos. Esto provocaba los típicos piropos groseros.
Papá, de oficio carnicero, un hombre rústico de modales brutos, por momentos violento, continuamente recriminaba a mamá que “debía buscar afuera lo que no tenía adentro”. Claro que se refería a la intimidad. Era un hombre casi sin preparación, cuyo único mérito fue tener tres carnicerías que luego se redujo a una. Todo esto debido a su debilidad por las mujeres en quienes dilapidaba lo que debía ser nuestro. Por ejemplo, la tal Gladys, muy hábilmente, logró que papá pusiera dos de esas carnicerías a su nombre.
Él gritaba mucho, discutía con mamá, también por Juani, quien recibía los desprecios de papá. Indudablemente, Juani no respondía a los parámetros de lo que para él significaba ser hombre. A mamá le gritaba que era una frígida y otras cosas que me dan vergüenza reproducir o preferiría olvidar.
Para mamá era impensable la separación y menos el divorcio en el seno de una familia que, si bien no tenía una posición económica holgada, tenía aspiraciones de tenerla. Se codeaban con gente de alcurnia, dueños de campos o comerciantes bienavenidos.
Mamá fue educada para casarse con alguien distinguido, no con papá. Pero al abuelo, cuando atravesó por problemas económicos, le pareció que papá era un muchacho con buenas intenciones además de contar con una muy buena cuenta bancaria que podría solucionar muchos problemas.
El abandono de papá, si bien fue terrible, en un punto se transformó en la solución para resolver aquel infierno en el que estábamos inmersos. Pero eso no fue nada compensado con lo que vivimos después.
Papá había desaparecido sin dejar rastros, dejándonos en una situación bochornosa frente a la mirada y comentario del pueblo. Algunos cuchicheaban casi en nuestras caras, otros nos brindaban un falso apoyo a mamá. Buscaban hacer comidillas de nuestra desgracia, venían a casa o llamaban por teléfono preguntando cómo estábamos.
La situación se volvió insoportable, así que mamá decidió cerrar la casa y nos mudamos, al menos temporalmente, con unos tíos suyos en Buenos Aires. Nos fuimos todos, menos Jorge que se quedó en el pueblo al frente del negocio, ya que papá le había enseñado el oficio.
Allí empezamos una nueva vida. Dejamos atrás aquella vida de oprobios y desaires. La situación económica se haría caótica, por lo que mamá debió hacer uso de los cursos que le había hecho tomar el abuelo: taquigrafía, dactilografía e inglés, también declamación y ceremonial, aunque eso no influiría tanto a lo hora de pedir trabajo. Todo aquello fue suficiente para ofrecerse como secretaria en un escritorio de una exportadora de granos a la que accedió por recomendación del padre de su amiga Mónica que tenía campos en el pueblo. Sé que para mamá fue muy duro hacer ese pedido, pero la necesidad era más grande.
Juani comenzó a estudiar moldería y diseño con unos amigos nuevos instalados ya en el rubro, con muy buena clientela.
Poco a poco, las cosas se empezaron a encaminar para nosotros. Mientras nos enteramos, por otro lado, que papá había vuelto al pueblo con “esa” y que se había puesto a trabajar con Jorge como si nada. No me extraña. El pueblo siempre apoya a sus hombres.
Yo, que había sido siempre la mediadora y que amortiguaba aquel mar de conflictos entre papá y mamá, papá y Juani, mamá y Jorge, recién me podía relajar un poco y empezar a pensar en mí. Buenos Aires me abrumaba: su inmensidad, sus ruidos, tantos estímulos. Comenzó a darme miedo salir a la calle. Una vecina le comentó a mamá que tenía una sobrina que estaba igual que yo y le recomendó una profesional, una psicóloga. Comencé a ir tres veces por semana, luego dos y, con el paso del tiempo, solo una. Sin embargo, esto tenía la condición de que asistiera a los grupos de autoayuda, “fóbicosanóminos”, que parece ser, así se llama lo que tuve o tengo, no sé bien.
Comencé a ir al grupo según lo indicado por la licenciada. Estaba compuesto por hombres y mujeres, más o menos unos doce, coordinados por una mujer que se presentó como psicóloga. Al principio no hablaba, observaba todo: “esto de contarle mis cosas a otros, a una persona, vaya y pase, pero a un grupo y todo de nuevo”.
Enseguida me llamó la atención una chica, que la verdad parecía ya recuperada, se mostraba más suelta que el resto y al término del encuentro se presentó:  
- Yo me llamo Paula, bienvenida. ¿Vas para la parada del colectivo? Yo también.
Ella también era del interior de la provincia de Buenos Aires. Yo le dije que hacía poco tiempo que estaba en la Capital y que me estaba adaptando, pero me costaba.
Al mes de conocernos, entablamos una amistad. Mi primera amiga en la ciudad. Me invitó a su casa. Supe que la invitación no era improvisada sino premeditada. Quería que conociera al hermano, Miguel Ángel: soltero, algo tímido. Según Paula se la pasaba estudiando, parece que era muy buen alumno, estudiaba Ciencias Económicas y estaba pronto a recibirse. Según lo previsto, acudí a la invitación.
- Te espero a las 4 el sábado, no me falles…
Una casa de barrio, pintada de impecable color crema, con verjas bajas y jardincito al frente con rosas de varios colores, que explotaban de pimpollos, me recibió al dar vuelta la esquina. Esa casa inspiraba confianza y calidez. Toqué el timbre. Salió Paula:
- ¡Qué bueno, viniste! Pasá – me dijo y otra vez agregó algo que me hizo sentir mejor: - Bienvenida.
Entramos a un gran patio con un juego de jardín de hierro compuesto por sillones con apoyabrazos pintados de blanco con dos almohadones de plástico coloridos y una mesa haciendo juego con un vidrio. Sobre él una planta, alegría del hogar, color coral. Se advertía que alguien se dedicaba a la jardinería. De inmediato salió al paso una señora típica ama de casa vestida con un pulovercito amarillo patito de manga corta, pollera tubo  pie de pool y sobre ella un delantal blanco impecable bordado a mano. Unos zapatos de taco bajo y un peinado corto, hecho con ruleros y spray en la peluquería completaban su retrato. Todo hacía ver que me esperaban y que se habían preparado para recibirme. Se respiraba un clima que nunca había respirado, “de hogar”, de clase media, pero de clase media asumida.

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