miércoles, 27 de octubre de 2010

Primera entrega


- ¿Dr. Guillermo Hernández Granada? – preguntó la secretaria, entreabriendo la puerta.
Tardé unos segundos en reconocerme dentro de ese apelativo tan complejo. Willy, para los amigos, para la familia, para los compañeros del colegio y de la facultad, para los colegas de la clínica; Willy para acortar, Willy para diferenciarme de mi padre, Willy para dar un poco de glamour inglés a mi vida. Willy y punto.
La única persona que nunca se dirigió a mí con ese sobrenombre fue Lucía, pero tampoco me llamaba Guillermo, mucho menos Hernández Granada, tal vez Guille o Gui, cuando entró más en confianza. De por sí, difícilmente algún desconocido me interpelara como Guillermo, la tendencia natural al ahorro obliga a la gente a recortarme ese nombre tan extenso y sonoro con el que me bautizaron mis padres. Creo que es algo bastante generalizado, cualquier persona en cualquier contexto intentará a toda costa reducir los nombres ajenos, no sé si por comodidad, por simpatía o por alguna otra razón que aún no logro dilucidar.
Pero no todos los seres humanos sufrimos los mismos recortes. A mi amigo Juan nunca le sucedió nada de esto. Al contrario, era usual que le intentaran agregar algún nombre cuando él se presentaba sencillamente como Juan. “¿Juan solo?” “¿No tenés segundo nombre?” Y en los ojos de su interlocutor se leía el ávido deseo de agregarle un Carlos, Pablo, Ignacio como para completar esa tan anónima denominación.
- Sí, Guillermo, mucho gusto – me resigné con una sonrisa.
La mujer me abrió la puerta, a lo cual agradecí con un gesto de cabeza. Era sin duda la secretaria de la escuela, lo advertí sin necesidad de que se presentara. De haberla cruzado por la calle me habría dado cuenta al instante de que esa joven dama trabajaba en la secretaría de una institución educativa, más precisamente de un jardín de infantes. Sus modos la delataban, su serenidad, su dulzura y su parsimonia; también su rostro, de ojos redondos, nariz respingada y labios sutiles. Era de una belleza clásica, equilibrada.
- Adelante – me indicó, haciéndome pasar al salón de actos. Entramos y allí me preguntó: - ¿Había pedido…? – se detuvo y reformuló la pregunta: - Habías pedido una mesa larga, ¿verdad?
- Así es, gracias – incliné la cabeza, le volví a sonreír y la secretaria se retiró del salón.
Alrededor de 10 filas de sillas se extendían a lo largo del salón. Un pasillo en el medio dividía cada fila en dos. En el frente tres pupitres unidos, cubiertos por un grueso mantel blanco, conformaban un rectángulo sobre el cual comencé a desplegar el contenido de mi maletín. En la pared del fondo, un afiche anunciaba: “Ciclo de charlas para padres: ‘A vivir mejor también se aprende en la escuela’. Jueves 7 de noviembre: ‘Técnicas para evitar el estrés’, por la Lic. Pradal; jueves 14: ‘Ejercicio físico para realizar en familia’, a cargo de la Prof. Romero; jueves 21: ‘Medicina integrativa para malestares cotidianos’, por la Dra. Blanco; jueves 28: ‘Alimentación saludable’, a cargo del Dr. Hernández Granada”.
Ahí estaba yo, en último lugar, encomendado no sólo a explayarme sobre el tema que yo dominaba sino también implícitamente a dar un cierre al ciclo de conferencias que yo no había presenciado ni tenía la más remota idea de cuáles habían sido sus contenidos. De hecho, hasta ese preciso momento desconocía cuál era el número de orden de mi presentación, ni siquiera sabía cuántas más había ni qué temas abordaban.
Confieso que esa imprevista responsabilidad me puso algo nervioso; charlas, conferencias, ponencias, coloquios, exposiciones había ofrecido a montones, pero no recuerdo en mis 38 años de vida haber sentido ese súbito nerviosismo. Será que el ámbito académico me resultaba más familiar, dirigirme a colegas, a médicos especializados o alumnos avanzados no me generaba el más mínimo temblor, en cambio pensar ahora en encarar a padres y madres para hablarles nada menos que de la alimentación adecuada para sus hijos, del combustible esencial para sus vidas, me sacudía un poco los esquemas. Me imaginé que todo lo referido a los hijos, directa o potencialmente, debía ser para cualquier padre sumamente trascendental, por lo que no podía haber margen de error en nada de lo que yo dijera.
En un extremo de la mesa coloqué con cuidado un plato y un bol de vidrio, que llené de cereal para ejemplificar el desayuno; a su lado la colación de la mañana que podría ser una manzana y luego un plato con un almuerzo de utilería. Así continuaron otra colación, la merienda y la cena, comidas esenciales para alcanzar la “alimentación saludable” de la que, según aseveraba el afiche, yo revelaría todos los secretos. Una vez tendida por completo la mesa con todas las comidas del día, retrocedí unos pasos para apreciar, a la distancia, cuán bien había quedado. No estaba tan prolija como las que acostumbraba armar papá, mi maestro en el tema. Moví un poco un plato, adelanté un vaso, doblé la servilleta, pero todavía no me convencía. Cuando intentaba dar forma al montículo de ensalada que ocupaba el plato del almuerzo, una voz enérgica me interrumpió. Giré el cuello y allí encontré a Luisa, la directora de la escuela, con quien había tenido la entrevista en que se me ofreció dar la presente charla. Era una mujer madura, de tez aceitunada y nariz aguileña; era de una belleza exótica y las marcas del paso del tiempo no hacían más que resaltar la hermosura de su semblante.
- ¿Qué tal, doctor Guillermo, cómo estás? – me saludó informalmente. Se acercó a paso acelerado, haciendo flamear una carpeta de tapas blandas que llevaba en la mano, y me saludó con un beso.
- Muy bien, gracias – respondí, soltando la hoja de lechuga que terminó por escaparse del plato.
- Te cuento – pisó mis palabras con las suyas -, las madres están esperando en la galería, les dije que mejor no pasaran porque vos nos habías dicho que tenías cosas que acomodar, ¿no? Ah, sí, acá está todo, veo que la mesa está servida, ja ja, qué simpático.
Me palmeó el hombro con su carpetita y casi sin respirar continuó.
- ¿Ya estás? ¿Querés que las vaya haciendo pasar? Ahora son las… a ver… - giró la muñeca izquierda para que el cuadrante de su reloj pulsera quedara hacia arriba – sí, ya estamos sobre la hora. ¿Qué decís?
- Sí…, que pasen…
Creo que esas tres palabras deben haber sonado como doscientas por todas las interrupciones que mi titubeo les produjo. No dudaba de que fueran pasando, de si estaba listo o no para arrancar con mi exposición, simplemente esos incomprensibles nervios de principiante volvían a invadirme. Y sobre ellos, las palabras de la directora aumentaban aún más mis pulsaciones: ¿por qué “las madres”? ¿No era acaso una charla para “padres” en general? ¿Acaso eran sólo mujeres las que venían a escucharme? El sólo hecho de pensar en un auditorio compuesto íntegramente por el sexo femenino me inhibía un tanto; mis oyentes en otro ámbitos solían ser hombres, si no en un su totalidad, en un amplísimo porcentaje.
- Que las que estén se vayan sentando mientras esperamos unos minutos a las demás – insistió Luisa en recordarme sobre la feminidad del público presente.
Asentí con la cabeza mientras alistaba los últimos detalles de mi larga mesa. En cuanto levanté la vista, Luisa ya había desaparecido. Al instante reapareció, secundada por una veintena de personas, en su mayoría (pero, para mi tranquilidad, no exclusivamente) mujeres. En el medio del cotorreo y de las pisadas de taco fino pude distinguir múltiples tipos de mujeres. Algunas ejecutivas, que evidenciaban haber salido recién de la oficina, o lo simulaban; otras deportivas, de ajustadas calzas y buzos con capucha; también abundaba el look casual, de jeans, sandalias y carteras coloridas; además estaban las que pasaban desapercibidas, voluntaria o inevitablemente, con lánguidas camisas, pantalones y peinados. Cada una con su particular belleza: alguna más llamativa, otra más sobria, alguna más natural, otra con un notorio paso por el quirófano, alguna más jovial, otra en edad límite para ser madre. Pero todas igualmente hermosas.
Los escasos hombres que ingresaban al salón parecían, en cambio, todos cortados por la misma tijera. Pantalones pinzados, camisas rayadas, estatura media. Me pregunté si yo también me vería como ellos. Debían tener alrededor de mi edad, tal vez algunos años más, que en sus cuerpos parecían muchos más. “Tener hijos avejenta”, solía sentenciar mi primo Andrés, jactancioso de su eterna soltería. Parecía tener razón. Todos estos hombres estaban hermanados únicamente por el hecho de ser padres de niños en edad escolar y eso parecía imprimirles un sello del que no debían ser concientes. Seguramente no daban a su apariencia física la importancia que ella merecía; los kilos generalizados que escapaban por sobre los cinturones así lo evidenciaban. No era que yo viviera preocupado por la forma en que me veía, simplemente cuidaba mi alimentación (no quería caer en el “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”), realizaba una rutina diaria de ejercicios, protegía mi piel de las inclemencias del clima y me tomaba el tiempo necesario en casa antes de vestirme para elegir las prendas que me pondría. Para dar la charla en el colegio, el traje azul me pareció el más adecuado, para transmitir seriedad y elegancia pero de manera desestructurada, por eso preferí la camisa blanca que tan bien queda sin corbata. Admito que debatí un rato con mi propio ser entre el azul y el marrón claro (“camel” lo llamaba Lucía). Finalmente ganó el azul y estimo que no me equivoqué.
De a poco el salón de actos se fue llenando. A los padres que ingresaron inicialmente (me veo obligado a usar el genérico ya que algunos hombres se hicieron presentes, a pesar de su bajo porcentaje) se sumaron otros tantos, siguiendo con la tendencia del predominio femenino. Circularon los saludos, también algunas miradas esquivas, mucho cuchicheo y finalmente el silencio ante el estrepitoso ingreso de la directora Luisa, que hizo gestos con las manos que enseguida desataron el mutismo en la sala.
Luego de una presentación doblemente breve (por la escasez de palabras y por la celeridad con que las pronunció), Luisa me pasó la posta y en una milésima de segundo me adueñé de todas la miradas que flotaban por el ambiente. Sentí que mediaban siglos hasta que la primera palabra se escapó de mi boca, pero a ella vino bien encadenada la segunda y también la tercera y las frases fueron construyéndose solas, sentí finalmente que yo sólo las exhalaba.
- La primera pregunta que debemos formularnos es: “¿cómo podemos asegurarnos de que nuestros hijos están comiendo los alimentos correctos?” Lo principal acá es que nosotros lo sepamos, que conozcamos las propiedades de los distintos alimentos, las proporciones en que deben ser ingeridos, la adecuación a cada estadío del desarrollo y, por sobre todo, que valoremos la importancia de llevar adelante una alimentación saludable para así poder crear buenos hábitos alimenticios en nosotros mismos y, a través del ejemplo, también en nuestros hijos.
Las miradas de las madres (en este caso, exclusivamente las de ellas) me daban la pauta de que estaba sonando convincente: enternecidas, veían un padre en mí, y no cualquier padre, un padre extremadamente preocupado por el bienestar de sus hijos, podría decirse “el padre ideal”. Reconozco que el uso del “nosotros” no fue inicialmente intencional, salió espontáneamente, pero al percibir los excelentes resultados confirmé una vez más que mi “instinto masculino” difícilmente se equivocaba.
- Es fundamental que ofrezcamos a nuestros hijos – remarqué el “nuestros” mientras buscaba intencionalmente la mirada de aquellas madres que por una razón o por otra más convocaban a mis ojos – una alimentación variada y equilibrada, distribuida en cuatro comidas y dos colaciones diarias. ¿Cuál consideran ustedes que es la comida más importante del día?
Entre algunas respuestas incorrectas (“almuerzo”, “merienda”, “cena”) y otras por demás vagas (“todas”, “cualquiera”, “depende…”), la mayor parte del auditorio demostró por lo menos haber prestado atención a las propagandas televisivas e hizo sonar fuerte la palabra “desayuno”.
Sonreí, asentí y buscando complicidad en algunas de las miradas femeninas que habían aprobado el improvisado examen, continué:
- Sin duda, el desayuno debería ser una de las comidas más importantes del día ya que supone, al menos, ¼ de las necesidades nutricionales de los niños. Cuando los niños no desayunan bien, no tienen la energía y la vitalidad para afrontar el esfuerzo físico e intelectual que les exigen las actividades escolares. Además, un desayuno no adecuado hará que los niños sientan a media mañana, la necesidad de un gran aporte energético, que encuentran fácilmente en productos de alto contenido de azúcar y de ácidos grasos, como son, por ejemplo, las golosinas.
Desde la primera fila una mujer rubia, de mirada altiva y labios prominentes, me escrutaba sin disimulo. Sus ojos azules seguían cada una de mis palabras como si temiera perderlas, su atención era constante, continua, casi excesiva, alerta a cualquier equivocación que yo pudiera cometer como para saltar al ataque. Ante semejante amenaza sentía que mis manos empezaban a temblar, pero a la vez no podía apartar mis ojos de los suyos, como si el resto del auditorio hubiera desaparecido por arte de magia. Parecía que estuviera hablándole sólo a ella, arrojándole mis palabras, que ella atajaba y en cualquier momento podía lanzármelas de vuelta. El desafío me resultaba exquisito.
- El desayuno ideal debería incluir: lácteos (leche, yogur, queso); cereales (copos, galletitas, pan); fruta (entera o en forma de jugo), a lo que se le puede agregar mermelada, miel, algún fiambre, siempre en pequeñas cantidades. Acá, para ejemplificar, traje unos deliciosos copos de maíz que podemos ofrecer a nuestros hijos con leche, pero también pueden ser otros cereales, ahora hay unos de colores que a los chicos les divierten mucho, o de chocolate, o de lo que más les guste. Como verán, hay libertad y variedad para todos los paladares. No hay excusa para que no tengamos un completo desayuno – exageré hacia el final.
Algunas risas delicadas circularon por el salón de actos. Los invitados me gratificaban al mostrarse interesados, receptivos y atentos. No sólo la mujer rubia de la primera fila, la mayoría de las demás damas presentes me observaban con interés, con auténticas ganas de aprender cosas nuevas o de confirmar que su accionar diario era correcto. Una madre, perdida en el medio del auditorio, tomaba nota. Me pregunté qué estaría anotando: ¿que el desayuno era importante? ¿o los ingredientes que convenía incluir? Tal vez preparaba la lista del supermercado para comprar a su regreso cereales, yogur o mermelada. Por un instante ansié convertirme en pluma para leer lo que escribía. Pero también para recibir las caricias de esa mano tan blanca, seguramente tibia y algo sudada, que con delicadeza la hacía girar hasta marearla. No había ningún anillo en esa mano, tampoco en la otra que se alternaba en sostener la lapicera. Manos sin compromisos, manos impolutas, manos trabajadoras, manos que escribían su destino en ese papel y en cada momento de su existencia.

3 comentarios:

  1. Hola, mujeres (que cuentan!)

    Muchas gracias por compartir sus textos con nosotros...! Quise tomarme tiempo para leer esta primera entrega con tranquilidad, así que la guardé en mi directorio de e-books... pero finalmente terminé imprimiéndola para leerla antes de dormir. Parece que el "libro de papel" (al menos para mí) sigue siendo más acogedor que llevarse el notebook a la cama... jaja... O sea que ya hecho algo así como una "primera edición" del capítulo (y en el extranjero...!!, jajaja).

    En pocas palabras les digo que la obra me gustó mucho! Disculpen que mis comentarios son sólo "a nivel lector" y no de crítico literario, así que seguramente mi vocabulario al respecto no va a ser muy técnico (hace mucho tiempo que hice mi última materia de literatura ;-S...!)

    Me pareció muy buena en primer lugar la idea de una novela por entregas (como para crear una expectativa, que la han logrado crear muy bien!). El tema, también muy bien elegido... creo que con muchas posibilidades, incluidas hasta las indirectas sobre la educación en materia alimenticia ;-)(!). Los tiempos, los personajes, las descripciones... todo me ha parecido muy bien logrado y aprovechado sin llegar a caer en estereotipos y a la vez con una sutil cuota de humor. En fin... ya estoy esperando la próxima entrega para saber cómo sigue este episodio en la vida del protagonista, este médico que aparece por el momento mostrando su seguridad en lo exterior, pero por lo visto también necesitado de reconocimiento (quién no?) y especialmente de afecto. Mmmm... qué pasará con esas manos blancas que giran la lapicera, con la secretaria, con la hoja de lechuga caída... jajaja! Bueno, hasta la próxima entrega y muchas gracias!!


    Patricia

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  2. Gracias, mujeres que cuentan.
    Y por favor no dejen de trabajar, que quiero saber cómo sigue esta historia (o estas historias).
    Ya que no puedo darme el lujo de participar del taller por ahora, me regalo el placer de seguirles los pasos de cerca.
    Mercedes

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  3. Hola, mujeres!

    Ya he leído las nuevas dos entregas el primer día de publicadas, pero no les pude comentar nada antes. Mmmm... crece la intriga con todos entos nuevos personajes... Cómo será la conexión con los anteriores? Yo ya estoy esperando la próxima entrega...! ;-)

    Un afectuoso saludo, y nuevamente gracias por compartir sus textos con nosotros,

    Patricia

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